Adquirir la fortaleza para afrontar aquello para lo que estamos preparados requiere una actitud serena y una energía interior que no siempre resulta fácil de comprender. Hay momentos en los que nuestras fuerzas flaquean y el mundo se convierte en una inmensa sombra, tan densa que parece imposible respirar.
Es precisamente en esos instantes cuando los atajos dejan de existir. Entonces, lo más valiente que podemos hacer es detenernos. Pensar… o quizá no. Permitir que la mente descanse, quede en silencio, y no obligarnos a levantarnos hasta que nuestro interior sea capaz de descubrir una pequeña rendija de luz.
Esa luz, por tenue que parezca, acabará iluminando un camino. Más adelante aparecerá una estrella que nos guíe y, al mirarnos en el reflejo de un arroyo, volveremos a reconocer nuestro rostro y la belleza de la que todos los seres humanos estamos hechos.
Detenerse resulta incómodo cuando tenemos un objetivo marcado y sentimos la necesidad de seguir avanzando. Sin embargo, hay pausas que no representan una derrota, sino el aliento necesario para que nuestro ser vuelva a florecer de la forma más auténtica y hermosa que el mundo pueda contemplar.
La verdadera valentía no siempre consiste en seguir caminando. A veces consiste en aceptar el descanso, respetar nuestros tiempos y confiar en que cada pausa también forma parte del camino.
Sed valientes en vuestras decisiones. El tiempo, aunque efímero, posee una sabiduría inmensa y suele ofrecer las respuestas más acertadas cuando se trata de las decisiones verdaderamente importantes.

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