
No somos capaces de discernir el bien o el mal con un simple vistazo. Creemos que podemos juzgar a los demás solo por lo que vemos, como si pudiéramos leer su alma. Pero, en verdad os digo: no seáis ciegos. La verdadera luz no se revela en una primera mirada.
Debemos desarrollar nuestro deseo de mejorar como personas y cultivar la empatía hacia los demás. Mostremos siempre respeto, porque incluso en los momentos de mayor oscuridad todos podemos esconder una realidad que no es visible a simple vista.
El juicio precipitado es uno de los mayores problemas de nuestra sociedad. Con demasiada frecuencia interpretamos a los demás desde nuestros propios prejuicios o, peor aún, desde las opiniones ajenas, sin conocer realmente su historia ni la carga que llevan sobre sus hombros.
Aprender a discernir entre el bien y el mal es un camino, una aventura que nos hace más sabios y menos enredados en nuestros propios prejuicios.
Recordad mis palabras: es más fácil que una cuerda gruesa pase por el ojo de una aguja que una mente saturada de desinformación alcance la verdadera comprensión.
Sed flexibles en vuestras opiniones y no seáis ligeros en vuestro juicio. La carga que lleva cada ser humano no es pública y, por tanto, tampoco debería serlo nuestro juicio sobre ella.
Antes de juzgar, procurad comprender. Antes de condenar, aprended a escuchar. Solo entonces estaremos un poco más cerca de la verdad.
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