
Todos llegamos a ella con la mente enturbiada y, en ocasiones, con la fe debilitada. Sin embargo, no debemos confundir las batallas de quienes nos gobiernan o dirigen con nuestra propia batalla interior. Esa es la única que realmente nos corresponde librar.
Debemos enfrentarnos a nuestra lucha para descubrir un nuevo rumbo y acercarnos al plan perfecto que fue diseñado para nosotros desde el principio. Solo entonces nuestra alma podrá desplegar toda su fuerza y regresar a casa con la satisfacción del deber cumplido y las promesas que un día hicimos finalmente realizadas.
En verdad os digo: no es el mayor guerrero quien mejor ordena su vida, sino aquel que deposita su confianza en la fe de su propia alma.
Respetaos y obrad para aquello que habéis venido a hacer. Seréis puestos en duda, seréis probados y encontraréis obstáculos. Pero, en el transcurso de vuestra propia batalla, seréis guiados para actuar con sabiduría y conforme a vuestra verdadera inspiración.
Recordad que un maestro no se forja en una sola batalla. Necesita recorrer el camino de muchas de ellas para alcanzar la plenitud de su misión.
Recibid esta garantía: nunca se os forzará a hacer aquello para lo que aún no estéis preparados. Cada paso llegará en su debido momento, y cada batalla aparecerá cuando vuestra alma tenga la fuerza necesaria para afrontarla.
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