
La apertura de la mente comienza cuando uno se hace las preguntas adecuadas sobre la vida, la muerte, Dios y todo aquello que nos acompaña en nuestro camino.
¿Somos realmente observadores de nuestra propia vida? ¿O simplemente vivimos dejándonos arrastrar por el día a día? Aprender a cuestionarnos, sin dejar de atender nuestras responsabilidades, nos permite despertar poco a poco y encontrarnos con una versión más auténtica de nosotros mismos.
Dar valor a nuestra existencia implica preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí y cuál es el propósito de nuestro paso por este mundo. Son preguntas que nacen de forma natural cuando no nos conformamos con pensar que la realidad es únicamente aquello que nuestros ojos pueden ver. Intuimos que debe existir algo más.
Esa inquietud es la que nos incomoda, pero también la que impulsa nuestro crecimiento. Es el motor que nos invita a avanzar, a profundizar en nuestro interior y a acercarnos a nuestra verdadera esencia.
En verdad os digo que nadie llega a apreciar la dulzura de la miel sin haber probado antes la amargura de la hiel. Son las dificultades las que nos enseñan, nos transforman y nos preparan para valorar la luz cuando finalmente aparece.
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